8 de marzo
Por: Mara Montillado
Una vez me dijeron “Te pasan cosas duras porque puedes soportarlas”. Y maldije esa fuerza mientras escuchaba esas palabras. Prefiero ser débil y tener una vida tranquila, no tener que luchar, basta…
Y entonces me retiré de lo mundano, empecé a estudiar filosofías orientales, me fui de retiro muchas veces, retiros de silencio y meditación… Y, cuando volvía a mi hogar, mi departamento alquilado en la furiosa y exuberante ciudad de Buenos Aires, me retiraba también, pasaba días enteros sin hablar con nadie, salvo para lo necesario, meditaba todos los días, dos, tres veces por día… Y un día vi cuán lastimada estaba, para retirarme así, para renunciar a todo vínculo, a todo mínimo riesgo de ser lastimada otra vez. Me sentí una fiera herida metida dentro de su madriguera.
Me había ido a vivir a Buenos Aires un 8 de marzo.
Es 8 de marzo ahora, escucho una gran fiesta afuera de la ventana de mi habitación, un ventanal alto con balcón, de un edificio antiguo de la avenida 18 de julio en Montevideo. Vivo ahí con mi novio. Él es terapeuta y atiende a sus pacientes en el living del departamento, que está en el medio, entre mi habitación y la puerta de salida. Entonces cuando él atiende, yo no puedo salir de casa si estoy ahí, tampoco puedo entrar si estoy afuera, porque no le gusta que atraviese su espacio de consulta. Entonces, estoy encerrada en mi habitación, este 8 de marzo. Salgo a mirar por la ventana, llueve mucho, la fiesta es tal que hay miles de mujeres atravesando la avenida bailando al ritmo de tambores de candombe, lideradas por Graciela Figueroa. Es un espectáculo maravilloso. Saco mi cámara de fotos, al menos eso.
Ese año intenté huir varias veces de ese departamento y de esa relación. El encierro no era sólo por la consulta, me tomó un tiempo darme cuenta de que me estaban cortando las alas, ya no era una fiera que se encerraba a sí misma para que no la lastimaran. Era un ave, un gallo alguna vez prolijo de plumaje, que cada vez se iba quedando sin plumas, encerrado adentro de una jaula, desde donde podía ver la vida allá afuera, sin poder salir. Y salí. Y no volví más. Al tiempo me di cuenta de que había salido de una relación con un hombre violento y narcisista, la primera vez que me encontraba con alguien así en mi vida, y zafé.
Es 8 de marzo ahora, vivo en la playa, me volví a retirar, esta vez con otra pareja. Estamos muy lejos de la ciudad, vivo el 8 de marzo desde lo cotidiano, pero me siento retirada otra vez del ritual colectivo. ¿Por qué me estoy retirando de nuevo? Estoy tomada por una relación, ahora feliz, pero no viendo las consecuencias de adónde me lleva esta marea…
Otro 8 de marzo, estoy gestando en el encierro de la pandemia en Lima, este mes volvemos a Uruguay en un vuelo humanitario.
Es 8 de marzo ahora, vivo en el campo en medio de los Andes, en el Valle Sagrado de los Incas. Esta fecha no significa nada para las mujeres locales. Los alcaldes hacen regalos en la plaza a las madres este día, otros celebran la fiesta de San Juan de Dios comiendo chicharrón y cuy, en medio del lodo por la época de lluvias, beben mucho alcohol, todo huele a chicharrón y a pis de chicha. Unas amigas intentaron hacer algo, pero no lo logramos. La época de lluvias nos tiene bajoneadas, las aguas piscianas de marzo navegan profundo en nuestras psiquis y nuestras emociones. Hemos tenido tiempos duros, estamos tristes, no nos da la energía para salir a decirle nada a nadie, ni a bailar.
Me sorprende la cantidad de madres que crían solas aquí en el valle, y lo normalizado que está, incluso legalmente. Lo normalizado que está que una madre críe y trabaje sola, que la vida se le vaya en eso. Lo normalizado que está que los padres no aporten nada o aporten con el 30% del salario mínimo vital en el Perú, que es una miseria, porque, si trabajan, lo hacen en negro para no tener que pagar una pensión de alimentos.
Es 8 de marzo y yo quería decir todo esto. Es 8 de marzo y me vino un ataque de tos que me duró tres días, dos de los cuales no podía levantarme de la cama, y estaba sola al cuidado de mi hijo de cuatro años. Apareció un paciente que atiendo, un muchacho joven, europeo, con ganas de ayudar; tanto él como su novia me ofrecieron ayuda para poder estar al cuidado de mi hijo y que yo pudiera descansar. Igual no podían creer que en una situación así yo no podía contar con el padre. Ya lo había intentado una vez, y el padre me había dicho que no, sabiendo lo enferma que estaba. Nunca más volví a pedirle ayuda, un padre que tampoco pasa pensión alguna para mi hijo. Finalmente vino un ratito una amiga, en el día más doloroso de su ciclo menstrual, y así y todo vino, vino ella, su hija a acompañarla, y el amigo de su hija a acompañarla también. Y, una vez más, me enseñaron la fuerza de la amistad. Y mi hijo, la fuerza del amor de hijo, porque fueron los días más pacíficos del mundo, poca o ninguna demanda, mucho sostén y compañía.
Si esa es mi fuerza, sí, la elijo y la abrazo, la fuerza de poder sostenerme y recuperarme desde la fuerza de mis ancestras, con la fuerza y el sostén de la amistad que me rodea y el amor de mi hijo.
Que todas podamos decir, escribir, bailar, dibujar siempre lo que sentimos. Si el mundo todavía es patriarcal, que nuestra conexión con lo que sentimos y entre nosotras nos sostenga siempre. Que siempre podamos hacer temblar al patriarcado al ritmo de nuestras danzas unidas, hasta que se caiga. Esa es nuestra fuerza: la transformación, de nosotras, del mundo.
Fotografía: Katherine Montes
