Por: Amara
A la amiga cómplice que te banca, que a los 5 años te dice “¿Cómo te gusta más que te llamen?”, porque intuye que algo te rechina de la manera en que te llaman. Le dices “Me gusta más mi segundo nombre”. Ok, te dice. “Desde mañana yo te voy a decir así siempre, hasta que todos te digan así.” Y claro, nadie nos dio bola, al tiempo nos olvidamos y volví a ser la del primer nombre, aunque con el diminutivo, que es más cariñoso.
A la amiga que se parece a ti desde chiquitita, las dos igualitas, gorditas y grandotas. De arriba para abajo andando juntas, la que te lleva a su casa a almorzar después del cole, y luego te invita a quedarte a dormir, la que te lleva con su familia de paseo a las afueras de la ciudad. A ella que un día se fue a vivir al cielo, y enterramos sus cenizas en el pino, el árbol principal del colegio.
A la amiga que te acompañó en ese, tu primer duelo. Como niñas, la vida sigue, la amistad es eterna. Te sientes triste un poquito, otro poquito lloras, otra vez vuelves a disfrutar de la vida. Esa amiga que te adopta como su hermana morochita y ella toda blanca como la leche. Su familia te adopta también cada vez que la visitas. Esa amiga que casi 40 años después, sigue llamándote, sigue buscándote, aunque seas abridora de caminos que vive en la búsqueda de su propia raíz. Esa amiga que es tu raíz vayas a donde vayas.
A esa amiga que no te dejó vivir tu primer duelo de amor. Esa amiga que te recibió en el sofá de su apartamento después de separarte. Esa que te compartió el amor de su familia. Tanto, que su prima se volvió también esa amiga fiel compañera, la que no te soltó de la mano un minuto, te llevó de fiestas y bares, para que no te olvides de que la vida sigue y está para disfrutarla. Esa que fue cómplice de todos tus coqueteos con chicos. Esa que te fue a ver tres veces en tu primer año de mudarte a otro país.
Esa otra amiga raíz satelital, que conociste a finales de tus veintes. Esa que quince años después, aunque ya no vives en su misma ciudad, te manda ese mensaje de texto “Amiga, ¿cómo estás?” Justo en ese momento en el que tienes algo atragantado, el pecho apretado, las lágrimas que corren por tu rostro. Esa amiga que siempre te dice “Amiga, venite a casa, te quedás acá, hasta cuando sepas a dónde irás”.
A esa amiga que te recuerda a tu mamá. La quieres con todo tu corazón y a la vez no la soportas a veces. Esa amiga que te materna, esa que es donde te sientes contenida, protegida y asfixiada a la vez.
A esa amiga que te resuelve tu materialidad. Esa amiga que te recomendó en puestos de trabajo, que siempre te manda las convocatorias laborales que hay. Esa amiga que te recuerda que tienes que creer todavía en ti, en tu poder de sostenerte.
A esa amiga que organiza para encontrarse. Esa amiga que, aunque se vean una vez por año, agita a las demás, va al encuentro, y todo vuelve a ser como si la distancia no existiera. Esa amiga que es tronco que sostiene esa familia hermosa que son las amigas del colegio.
A la amiga que se fue lejos hace muchos años, pero cada tanto te manda un mensaje, quiere saber cómo estás, te manda su energía de amor, aunque ya no sepa nada de ti.
A esa amiga que vive del otro lado del mundo, pero habla contigo casi todos los días, desayuna, almuerza o merienda contigo en los pequeños ratos que le quedan en el día. Esa amiga que ama y admira a tu hijo sin conocerlo, sólo por el amor que siente por ti. Esa amiga con quien te ríes a carcajadas desde que la conociste hasta que una extraña enfermedad se la llevó de este mundo. Esa amiga que su ausencia se siente como un vacío en tu vida y en el mundo, por la gran persona que era.
A las amigas que te acogen en sus países de origen cuando se te ocurre la fantástica idea de mudarte, porque así eres de intensa, no puedes conocer un lugar sin mudarte ahí. Y te abren las puertas de sus casas, sus culturas, sus familias, su historia. Esas con quienes aprendes tanto de amistad en la diferencia y encuentro a la vez.
A las amigas que hiciste al ser madre, esas con quienes pareciera que lo único que tienes en común es la maternidad. Pero encuentras que al resonar en visiones de maternar y criar, resonamos con visiones de hacer otro mundo posible, otra humanidad posible.
Esas amigas que haces en tus cuarentas, con toda una vida recorrida, con toda tu sabiduría y todas tus manías encima, y te acogen, te aceptan, te bancan, te quieren. Esas amigas que vienen de trayectorias taaaan infinitamente diversas, y nos encontramos desde el amor.
¡A las amigas que guardan fotos y videos contigo! Años de años, pase lo que pase, el registro del amor está.
Y claro, las amigas con quienes compartes proyectos y sueños.
A todas tus amigas, Amara. A todas nuestras amigas, recordarles siempre lo que son para nosotras. Sin las amigas no hay mundo posible. Es esa forma de amor llamado amistad, que parece incondicional, puro y profundo, pero que merece todo nuestro cuidado, respeto, contemplación y cultivo.
Las quiero amigas.
Fotografía: Katherine Montes Ramírez
