Por: Ana María Trelancia
Aunque los llamemos ausentes, los muertos nos acompañan más que los propios vivos.
Y lo hacen con una presencia recalcitrante que solo se compara al vínculo latiente entre los recién enamorados. El espectro de su cariño se nos sienta al lado en los trenes y en los aviones para viajar con nosotros a lugares donde nunca los hubiéramos llevado. Se cuelan en los entornos más privados, volando como drones entre las burbujas de jabón, haciendo suya nuestra intimidad. Inquilinos eternos de nuestra retina, se integran a los paisajes de los sueños, filtrándose en nuestra sangre recién derramada.
Es solo cuando nos golpea la tormenta y es un hijo quien muere, que nuestros muertos anteriores huyen despavoridos y nos dejan solos y a oscuras, incapaces de acompañar nuestra inexplicable orfandad. Hasta la misma muerte sabe que nos ha jugado sucio, que eso no se hace. Entonces, solo nos queda desaparecer de la mano del hijo que perdimos, aunque esto no es para siempre porque es sabido que todos los muertos vuelven.
Llega un día en que, cual obstinado salmón, el hijo regresa al hogar inicial, ese donde aún no nos conocíamos a pesar de compartir entrañas. En ese parto inverso al que lo llevó la muerte, el hijo regresa a habitar el mismo puerto del que partió. Desde ahí, su terca presencia que ni la misma muerte logró matar, nos deja dando tumbos como zombies enamorados preguntándonos de qué sirve querer tanto a los ausentes.
Y es que el dolor, maestro implacable, nos enseña que aunque la guadaña no toque al amor, matando el cuerpo ya nos está dejando el futuro huérfano.
Fotografía: @mariel_garciallorens
