Por: Ana María Trelancia
Má,
Nos dijimos todo, o eso quisimos pensar: que no era necesario volver sobre el agua que ya se había llevado el río. Pero en los remansos de mi mente se quedaron varados los reclamos de muchas ausencias. Ni tú ni yo podíamos saberlo entonces, pero el no tenerte me hizo fuerte para enfrentarme a lo que no tiene nombre. Me enseñaste a cabalgar el dolor a través del ejemplo. Ni lo mostrabas ni lo escondías; tu dolor fantasma se leía en tus ojos. La temprana muerte de tu padre, el amor de tu vida, fue un peso en tu equipaje que ni tus manías más intensas lograban aligerar. Sufrías, pero aguantabas. Eras estoica, fuerte y dura. Esa dureza era mentira, pero solo los que tú adorabas, lo sabían. Y a mí, me adorabas aunque tu dificultad para expresar cariño no me permitía creérmelo del todo.
Es que resulta extraño esto de saberse amada sin poder realmente sentirlo. Tu amor por mí era casi telepático: todo me dabas, todo lo mío te importaba más que lo de cualquier otro. Por encima de papá y de mis hermanos siempre estuve yo. Me adorabas pero no estabas. No podías estar, ya lo sé. No me amarré tu ausencia al dedo, pero igual llevo la marca. Porque era difícil verte y no sentir la enorme presencia que escondías. Me quedé con la coreografía de un baile preparado para ti que nunca estrenamos porque no lo pudimos ensayar. Sé que tú querías bailar, querías estar, pero no lograbas deshacerte ni de tu propia ausencia.
Fue difícil contrastar todo lo que eras y no eras. Esa foto tuya en el álbum familiar debajo de la que escribí “molesta” cuando ni siquiera se te ve la cara porque te la tapa un libro, es un ejemplo de mis ejercicios adivinatorios contigo. Pero es que una niña no entiende de depresión, mamá. Yo solo te sentía. De alguna manera, entendía que estabas triste y que la única máscara aceptable que encontraste para salir al mundo fue la del mal humor. Pero igual, dolía. Tu pena me dolía tanto que me convertí en tu payaso para escucharte reír. Ese es el origen de mi humor negro y mi facilidad para reírme hasta de mí misma. Siempre creí entenderte dentro de lo que una persona parca como tú dejaba entrever. Fui tu intérprete, tu eterna traductora mundo-mamá, mamá-mundo.
Gracias a ti, aprendí a observar, aprendí a leer el corazón de las personas. Pero yo era una niña, mamá. No me correspondía ser tu edecán emocional ante un mundo en el que tú no querías participar. No sé en qué momento se invirtieron los papeles pero creo que tú me elegiste apenas nací. Lo que sí recuerdo es que cuando me dijiste: “gorda, yo a ti, te creo todo” fue que me convertí en el perro guardián de tu alma. Qué pena que ese mismo perro terminara comiéndose mi infancia de un mordisco.
Con todo, te debo mucho de lo que soy. Atrevida y valiente, mamá. Tu intimidante declaración de independencia solo se rendía ante mí. A nadie más le hiciste caso jamás. Ni a tu propia madre. Siempre un paso más allá de las tendencias y de la vida misma. Tu desfachatez y creatividad te convirtieron en la mejor arquitecta de tu riquísimo mundo interior, ese que habitabas la mayor parte del tiempo.
Y así fue, má. Quizás nos dijimos casi todo, pero igual, yo aún ensayo el proyecto de danza que siempre quise bailar contigo. Es algo así como que quedé huérfana de la madre que nunca tuve.
Fotografía: Ana María Trelancia
