Matrilineal

Por: Anabella Aranda

Aún no conozco todos los secretos de mi familia. Habitando la cocina, algunos domingos solían darme respuestas sin preguntar. Los olores que inundan la casa son más que cebollas y tomates a fuego. Y no es anosmia, podría reconocer casi primitivamente esa sustancia que, embriagada, me recuerda un lugar seguro. Lo acompasan imágenes y algún que otro tango, uno que busca lleno de esperanzas.

Las manos de mi abuela son islotes o mapas, revuelven una salsa espesa que siempre sabe igual. A los 18 años parió a mi madre, yo la conocí a sus 39 cuando el vitiligo empezó a bordarla. Hoy, a esas manos no las puede tocar ni el sol, su piel es casi transparente con pequeñas cadenas montañosas. Aprendí de ellas a darle uso a las mías.

Empecé a cocinar a los 11, aunque un año antes hice una mermelada de ciruelas. Tejí bufandas y pulóveres hasta llegar a la fotografía. Recién ahora lloro de verdad, por toda la línea materna, sospecho que alguna chozna siempre me guía. Y aunque cada tanto vuelva a terapia o haga alguna sanación espiritual, no fueron las ausencias de mi padre las que me llevan a renacer inmanente. Venero mi linaje, reconozco mi clan. Soy todas las mujeres que me gobiernan y me dan libertad, como mandato, como conjuro.